martes, 30 de septiembre de 2014

Las trompetas de Gallat

Cuando la noche cayó sobre la torre esmeralda la guardia, como de costumbre comenzó su turno.
El capitán por su parte disponía todo para una larga noche, no había intención de cambiar a los centinelas de sus posiciones habituales puesto que la amenaza de un loco no quebrantaría la voluntad ni la fortaleza de las murallas de cincuenta metros de alto por viente de ancho que tenía Gallat.
Hacía como un mes que no teníamos noticias de ese hombre que entro anunciando el fin de la ciudad, y de verdad que puso nervioso al cuerpo de guardia de la ciudad, incluso la guardia personal del Lord Tìrana, el mismísimo Arlus, de cuya valentía se conoce desde el cabo de Fineslandor hasta el desierto del Khyn, habían llegado rumores de su nerviosismo. Pero ese nerviosismo no duró más de una semana, el loco había sido expulsado hacia la llanura del cardizal y nosotros seguíamos a salvo un mes después.
El fortín seguía reluciente con sus murallas blancas de mármol tallado y pendones color esmeralda, del mismo color que tenía la muralla, la misma muralla que se hacía cada vez mas y mas oscura a medida que el sol se ponía en el horizonte, llenando los campos de un rojo anaranjado que embellecía el paisaje con sus sombras al tiempo tan oscuras.
El cabo de la puerta seguía tomando un té en su puesto de vigilancia mientras oteaba el horizonte, otra noche más igual que la anterior, cargando con esa pesada armadura de tonos verdosos y plateados, con la lanza a mano y la espada de acero más a mano, pero lo que más a mano tenía era el vidrio de vigilancia, una pieza de cristal ovalado de dos palmos de ancho, con soportes dorados que permitían su manejo fácil, gracias a esta pieza podía ver a más de una legua de distancia sin necesidad de forzar la vista. Aún podía ojear más el horizonte, la cordillera a lo lejos seguía igual de tranquila, ningún fuego fuera de lugar ni ningún rastro de movimiento, el lago seguía tranquilo, sin una onda e igual de verdoso que siempre, y la llanura seguía vacía, completamente vacía. Solo podían atacarles por un lado, la llanura; atacar desde el lago supondría pasar por una muerte atroz bajo una lluvia de morteros incendiarios que lanzarían los doce navíos de la flota que llevaban anclados y esperando una buena batalla desde el tiempo de la Guerra de la Luna. Atacar la ciudad desde  la montaña supondría tratar de atravesar el reino de los enanos, un reino con el que se vivía en armonía y del que nos enorgullecíamos de ser hermanos, pues en contadas ocasiones un noble enano se casaba con alguna mujer de nuestra raza, varias generaciones de guerreros medio hombres y medio enanos que compensaban su baja estatura con una fuerza sobrehumana aun mayor que la de los propios enanos, y que formaban parte de las fuerzas de guerra de Arlus Esmeralda, el quinto Lord Tìrana de Gallat.
Pasaban las horas muertas y solo la brisa y el viento sonaban a lo largo y ancho de la llanura, pero nada hacía presagiar absolutamente nada, valga la redundancia. Un borracho que canta por las calles, un perro que le ladra, un guardia que apresa al hombre y calla al perro, las tres de la mañana de un día normal.
La armadura le parecía pesada al cabo, le hacía pensar si de ser necesario le molestaría en el campo de batalla, pensaba en diferentes formas de poder usar el arma sin el estorbo de la armadura, si bien es cierto que eran muy ligeras no dejaban de ser piezas de metal semi-pesado que llevaban encima. ¿Serían resistentes contra las flechas? Cada guardia estaba en sus pensamientos, el capitán daba un último vistazo a los turnos y quehaceres del día siguiente, el coronel bebía en la taberna, y el general seguramente estaría entre los brazos de alguna joven de la ciudad, que ingenua creería que con ella se quedaría para poder reclamarle algún hijo dentro de nueve meses y solucionarle las miserias que había en su vida.

Trompetas. Una vez, y otra, clamaron las trompetas sin cesar, y no habían terminado el último aviso cuando ya se alzaban los fuegos de las almenas bien vívidos en las mintañas de la cordillera. Pero era imposible, nada podía llegar si no era por tierra y la llanura seguía vacía, por dónde estaban atacando y quién se atrevería a romper la paz de Earin, una paz que impedía la violencia en lugares, tiempos y personas sagrados, una paz que tras la sacralización de la ciudad solo había traído la atención de magnates y comerciantes que invertían en Gallat y la hacían prosperar gracias a la tranquilidad.
Nuevamente las trompetas sonaron y una luz que procedía de la torre esmeralda, la torre más alta de la ciudad, cegó a todo el que estuviera allí presente, el fogonazo fue sordo pero tras la luz no quedó más que una torre destruida y miles de ojos incredulos de ver como tal destrucción se podía producir sin un solo ruido, los trozos de hormigón, esmeralda, hierro y piedras caían al suelo causando un gran estruendo. Se destruían casas y los cuerpos de los soldados y los civiles se esparcían por la calle como cuando se te cae un armario lleno de ropa, los cuerpos yacían sin vida y sin orden. Tal destrucción hizo al cabo volver a mirar con incredulidad lo que anteriormente era la torre esmeralda cuando allí lo vio.
Inmóvil y sonriente, tan grande como una montaña, enorme como la ciudad entera, un Heón. Los Heónes era criaturas de tamaño titánico que podían sembrar la destrucción gracias a su capacidad para canalizar magia a través de sus sentidos, eran criaturas perfectas creadas por Earin para ayudarle a dar forma a nuestro mundo; gracias a su poder podían oír cualquier sonido a mas de mil leguas, transmitir cualquier energía por el tacto, devorar cualquier alimento, oler cualquier rastro en miles de leguas y ver cualquier cosa a una distancia similar, podían a pesar de su tamaño divisar un ratón asomado en su ratonera a diez kilómetros de distancia; y ahora uno de ellos se alzaba por encima de la montaña, devolviéndole la mirada a través de unos ojos anaranjados y sin pupilas, y le sonreía, esa sonrisa le hacía ver cual era el destino de todos y cada uno de los presentes, tal estremecimiento recorrio el cuerpo del cabo que se le cayó la espada al suelo, solo podía devolverle la sonrisa y mientras se quitaba el yelmo saludar con la mano al tiempo que avanzaba hacia el vacío tras la muralla, pues era preferible el impacto contra el suelo a que un Heón te atacara.
Arlus montaba casi al tiempo en su montura, su caballo Jade, ambos pasaban como una exaltación por medio de las calles de Gallat, esquivando escombros de seis pisos de alto que caían sin cesar. El también se percató, el Heón sonreía, y él le devolvió el gesto.
El eejército enano y el de la ciudad se había desplegado, y los maestres arcanos pronunciaban frases que tomaban forma a medida que salían de sus bocas, de sus mentes en el caso de los grandes apotecarios, los señores protectores del colegio de magia de Gallat. Los enanos por su parte cargaban los cañones y morteros, pero cada impacto en el Heón parecía no hacerle daño. La batalla estaba servida antes de empezar, y Arlus lo sabía, y como buen Lord Tìrana que era debía mirar por su pueblo, al que mando huir a la capital, Vesthina, a dar la alarma y el aviso, y ellos se quedarían allí para resistir, si es que eso era posible, al Heón.
Fuego, destrucción, silencio, oscuridad. No duró ni un minuto en el campo de batalla, había recibido un impacto desde un lugar desconocido por completo, y había volado por los aires tal distancia que su cuerpo sin vida se había adelantado a la gran cantidad de ciudadanoss que huían. El pánico se apoderó de todos y huyeron en todas direcciones. Se podía saborear el olor a sangre en el ambiente y eso que los ciudadanos se hallaban ya a mucha distancia de la ciudad, nadie miraba hacia atrás, el miedo les impedía hacer otra acción que correr. Solo un soldado se giró para ver como el Heón ya no estaba ni había rastro de el, la ciudad permanecía allí, a media legua o un poco más, a pesar de estar casi totalmente destruida, pero de ese ser no quedaba nada. Miró hacia un lado, hacia el otro, hacia el sur y finalmente hacia el oeste, y allí pudo divisar lo que recordaría por el resto de su vida. Arlus yacía sin vida, con el cuerpo hecho trizas, le faltaban las dos piernas y un brazo, y donde debía estar su armadura reluciente, lucía un torso fuerte con una rama de roble que le atravesaba el pecho de un lado a otro. Sus ropajes mostraban signos de incineración breve y su pelo tenía los mismos síntomas; y junto al cuerpo del Lord Tìrana, símbolo viviente de un linaje de cinco generaciones y de la prosperidad de la ciudad, allí estaba, una de las trompetas de Gallat y la espada de Arlus atravesándola.
Pocas noches volvería a dormir bien este soldado que aún en shock y temblando lleevaría al Emperador Nestor ambos objetos para confirmar la caída de la ciudad, una ciudad que no volvió a renacer, pues a pesar de la prosperidad y la benevolencia mostrada, a pesar de ser un símbolo para la ideología y el pensamiento de todos los habitantes del imperio, había caído por un enviado de Earin, el señor supremo al que llevaban toda la vida adorando, y a pesar de esto, así seguirían haciendolo.

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